Sal y pimienta
Padezco de una enfermedad de la que no hablaré, excepto que tiene que ver, con ver. Así que le pregunté al aire: ¿Dónde puedo dormir esta noche? Los tres viejos pararon de hablar, podían ser hermanos, tenían las mismas arrugas en los ojos, el mismo olor a ceniza, a lagarto, todo aliñado con sal y pimienta, y la misma mirada que cala, sin querer. Todo estaba envuelto en ese azul, aquel que pone el tiempo en pausa, holgazán, estrechándose como una goma vieja amarillenta y quebrantada por el sol abrasador del sur de España.
Escuche de uno, o de los tres a la vez, no se:
“Aquí no hay hoteles zagal, pero puede’ exarte aquí, en la plaza con la tienda de campaña - er bar abrirá a las siete, si Pepe quiere. ¿De dónde viene’?” Me quedé mirando sus gorros de piel y camisas de cuadros con solo tres botones abrochados, sus bocas medio paralizadas, salivando
“De Roquetas” respondí mirando al suelo, al final.
“Ya andaste sí, ¿y a donde vas?”
“A ver a mi abuela” pausé, con la mano en el bolsillo, rozando los cincuenta euros que me dio mi madre al salir, escuche su eco, un eco, diciendo; por si las moscas, mientras me daba el dinero escondido en un; te quiero, buen camino al cielo.
“Tengo que darle una cosa” terminé diciendo. “Allí voy” les señale el Mulhacén y ellos miraron a mi dedo.
Me despedí levantando el gorro de paja y me devolvieron el gesto con un gruñido de no haber entendido nada. Apoye la espalda contra el olivo de la plaza, sintiendo todo el peso de los recuerdos, la vi otra vez, a ella, a mi abuela, tocando las hojas y plantando el nuestro, en casa.
No me desperté ni una vez hasta que apareció la mañana, el aire lo recubría un sabor a melocotón, tierno, esas mañanas que pellizcan, tersas, como la piel recién despierta, como un cristal partido.
Estaba recogiendo la tienda de campaña cuando dieron las siete, y Pepe no quería.
Era octubre y el día sabía a miel. Respiré sus palabras, las que siempre decía “anda con Díos” -
y eso hice.
Le escribí una carta a mi abuela y cuando llegue al punto más alto de la península para enviarla. Estaba allí. El eco. Riendo a arcadas, como siempre. Como una nube, de algodón fantasmal, que cantando dijo “no me devuelvas el cambio”
(Escribí esto en una escuela de escritura maravillosa, el director Juanjo Herranz nos dejo el tema, que fue “el dinero” - a mi se me fue un poco de las ramas y el dinero se difuso demasiado en lo que llega a ser una historia/paranoia personal, también tiene una revista que deberías comprar, se llama 1000 palabras y es una gozada de leer, sobre todo ahora que llega la temporada de playa, empezó como un proyecto ruinoso y va a ser la revista mejor pagada de España, lo más seguro que muy pronto, y si no, seguirá siendo una gran revista con un gran director, un abrazo, Juanjo, te deseo lo mejor, y si no eres Juanjo y estas leyendo esto, también)





precioso, Alejandro!
Alejandro, gracias por este buen deseo. Y gracias por sumarte al taller y confiar en este delirio.
Abrazos!
Y seguiré leyéndote por aquí